Huanakauri

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De blanco en blanco

In Minicuentos, Vaqueros on 3 de junio de 2009 at 14:01

La hora del día que John más disfrutaba. Bajaba a su casa como quien luego de una intensa faena, llega al hogar de los hijos ya maduros. La misma hora del día. Pero a Liz le daba igual. Entonces John, con la misma pulcritud que a sus 17 años, subía a la moto y marchaba rumbo a la casa del campo. En el fondo del patio,  el abuelo dispuso un altar de latas llenas de arena. John pasaba la tarde apuntando los blancos. Lo hacía cada tanto en verano. El uso de armas en el pueblo todavía no era mal visto. El viernes aquel podría haber sido cualquier otro mes, solo que justo John había terminado la universidad y parecía El graduado, encarando al mismo Dustin Hoffman descendiendo a las profundidades de una piscina. Solo que sin saber el final.    

A propósito de Alfredo

In Minicuentos, Tijuana dream on 4 de mayo de 2009 at 20:08

Su vida fue corta. En 23 años dio todo lo que pudo. Eran otras reglas de orden, progreso y tiempo. Pero no quiero empezar por el final. Nació de madre soltera y padre perdido en el bar. De chico supo que lo suyo era cruzar. Y cruzó a los 17 años a pesar de los silencios de su madre y la incredulidad de su padre. Volvió tres años después con más dinero que sus abuelos juntos. Compró campo y levantó la casa arriba del cerro atrás de la ruta. Entonces salía a la noche en la moto, cenaba con su hermano y pasaba por el bar. En el bar discutía de fútbol, a veces de política y muy pocas veces de mujeres. Ellos eran hombres casados pero los más jóvenes salen a bailar. Él era así.

17 segundos

In Sin categoría on 19 de abril de 2009 at 19:08

Esperaba. Para afirmar su compromiso con ella misma, esperaba. Él no levantó la vista del portátil, prometió no encender el celular y volvió a prometer no tocarlo si quiera. Pero éste sonaba, sonaba y cada vez más fuerte. Por primera vez en un largo tiempo, volvió a sonreír imaginando a los abogados y al juez pensando en lo loca que está. Pero esta vez contó 17 segundos y el tiempo se le fue volando. Ensimismado en contar por contar, así como en matar por matar, segundo tras segundo, una misma idea que le venía taladrando los intestinos hace más de una hora, y ahora él no iba a llamarla. Sin duda, la loca era ella, incapaz de no llamar por teléfono, de no mandar un sms por espacio de 24 segundos, de no mandar un mail, de no estar conectada.