Huanakauri

Posts Tagged ‘Whisky’

Sales efervescentes efectivas

In Minicuentos on 27 de noviembre de 2009 at 11:49

Solo eructando se va el alcohol, le dijo a Will la señora que atiende la farmacia. Tienes una cara, chico, que das pena. La caja registradora hizo clic y más tarde las sales efervescentes cayeron fuera del vaso, un vaso azul, ancho y petiso, que todavía no se ha roto desde el casamiento. Eres un inútil, pensó. Luego de la ingesta, eructó y se sintió mejor, entonces le agradeció a la mujer que tenía razón. Cuando pase por la farmacia debería agradecerle el detalle. El alcohol se va eructando, en luna llena no puedes dormir y siempre te levantas por el mismo lado de la cama. Supersticiones, afirma Silvia. No, ya no eran supersticiones para Will, eran formas de vida y estaban tan metidas que su mujer bajaba la cabeza y consentía. El mundo es así y otra vez eructó.

Infinitos o encadenados

In Minicuentos on 28 de julio de 2009 at 10:31

Era ella y no lo era, solo que no existe la manera de saberlo. Por ahora se manejaría con la experiencia y la memoria. Era claro que la curva de la espalda parecía perfecta, estaba segura que sus piernas juntas lucían infinitas, era claro que no conocía otro cuerpo más ajustado a la presión de sus manos que ese cuerpo que ahora, justo ahora, estaba en la cama, su cama, arriba. Era claro que habían pasado años, que no eran niños, que aquello sonaba a locura y sin embargo en los ojos de él quedaba la resaca del día anterior. ¿Sigues yendo al bar? En los ojos de ella ya se había derrumbado algo parecido al amor. Sigo yendo al bar. Sigues oliendo a bar. Es el mismo bar y no ha cambiado el olor a cerveza. Hueles a whisky.

¿Nos casamos?

In Amor, Minicuentos on 16 de junio de 2009 at 09:46

Tomó la ruta y siguió de largo más de medio kilometro. La intención era seguirla hasta su casa y preguntarle si quería casarse con él. Pero antes de llegar al portón, Johnny reflexionó sobre las vacas. Otra vez habían cruzado el monte y sus huellas llegaban al camino. Se detuvo, llamó por teléfono a su hermano y le dio la orden de buscar las vacas. El hermano estaba cenando en Punta del Este y los domingos los peones descansan. Él debería volver a la casa. Una vez con los perros sueltos y el caballo ensillado, salió al campo. A cabo de tres horas regresó de la noche cerrada hecho un asco. Se bañó ligero, la intención era seguirla hasta su casa y preguntarse si quería casarse con ella. Pero se acordó del whisky y estrechó las consecuencias hacia el futuro.

La incredulidad del tonto

In Amor, Minicuentos on 14 de mayo de 2009 at 11:06

En la barra preguntá por mí. En la barra preguntó por ella y durante un buen rato, solo podía fijar la vista en el fondo del vaso, como si fuera el mismo fin del mundo. No podía  ser tan linda. De un tiempo a esta parte, días, semanas, meses, segundos, las ideas se le habían enredado un poco: cuentas, insomnio, horas leyendo y leyendo un libro tras otro, en un devaneo amoroso constante entre Faulkner, Onetti, la historia de los Incas, Orellana hasta desplomarse de sueño, sin trazar una estrategia de salida que dé luz. En la barra, ya afirmado en la certeza de su belleza, levantó la vista, tieso. Algo se quebró en la cocina, un plato tal vez. Entonces el mismo temor lo cuestionó: ¿preguntá por mí? Simple, no podía ser tan linda y solo tú saberlo.

Por la tangente va el amor

In Minicuentos on 27 de abril de 2009 at 23:43

Asistió a la muerte del hombre el mismo día en que regresaba de Punta del Este. Desde un tiempo a esta parte, lo único que hace es pensar en las olas, en el sol, en la piel de María, en el reloj de Nueva York que nunca compró y que ahora venía reciclándose en su memoria, cada vez más exacto,  la vez que se casaron. El hombre calló. Horas antes, Juan y María reían de lo mismo que hizo reír al hombre a punto de caer seco sobre la mesa. Estirar un soplo más y luego no hay más cuerda que afloje. Así de simple. Yo no quiero comer más, no tengo hambre, repite María. Estoy lleno de whisky como para obligarte a comer. Rieron otra vez.  Ya no quiero matarte más. ¿Me quieres, amor? Dime que sí o no.

Los problemas de Helena

In Minicuentos on 26 de abril de 2009 at 22:14

Yo no soy una guampuda, gritó Helena y el teléfono voló de la mesa a la ventana. Lo vio pasar al ras de su nariz y Gabriel agradeció que el aparato no terminara el recorrido en sus ojos. Pero fue a dar a la ventana, partió el vidrio, y se enteró todo el barrio. No era la primera vez que Helena se ponía furiosa, pero sí era la primera que los vecinos eran testigos. Rayos, Helena, nos mudamos para volver a empezar, y tú siempre con problemas, y ahora partes un vidrio, porque se te ocurrió, -en esa mente tuya tan belicosa-, que hago el amor con todas menos contigo. Ya quisiera acostarme con tu hermana. El chiste no fue bien recibido por Helena, y en su desconsuelo, tomó un par de whiskys y dijo un error lo tiene cualquiera.

Juan Contado (I)

In Sin categoría on 16 de abril de 2009 at 11:06

Simple, como ella quiso, pero tarde, como siempre pasa. La noche anterior, Juan Contado extendió un billete de mil pesos sobre la barra y pagó la vuelta. Los fortuitos del lugar, agradecidos. Los asiduos del lugar, helados. No era común ver a Juan Contado con grandes despliegues de generosidad. No porque fuera un cocodrilo, sino porque sus múltiples trabajos apenas le permitían pagar la luz, el agua, el teléfono, pasarle la renta a su ex – mujer y emborracharse una vez al mes. Las noches siguientes, Juan Contado siguió extendiendo billetes cada vez más generosos. Los asiduos del lugar, acostumbrados a la barra, preguntaron. Juan Contado dio vueltas al asunto y prefirió no discurrir en las excusas. Simple, ahora tenía dinero, la circulación se había invertido, y le tocaba a él pagar la cuenta que tantas veces otros habían pagado. Salud.